EL BUSCADOR DE FINALES PABLO DE SANTIS PDF

Start your review of El buscador de finales Write a review Shelves: owned-books Es una lectura bastante simple y original. It is beautifully written, you can hear the argentinian accents and the smells of that country. This is the story of a 15 year old boy, who loves comic books and decides he wants to be an illustrator. He visits the Editorial house that publishes his favorite comic books, and asks for the illustrator. In the process he finds out that in order to be an illustrator he must start from the beginning-- as a messenger Read the book in Spanish.

Author:Samujora Vurn
Country:Somalia
Language:English (Spanish)
Genre:Personal Growth
Published (Last):8 December 2010
Pages:498
PDF File Size:4.78 Mb
ePub File Size:13.14 Mb
ISBN:811-6-24256-560-3
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Price:Free* [*Free Regsitration Required]
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Un boleto de tren en esa poca eran de cartn. Un paraguas roto. Entonces pens: El seor Sanders se gana fcil la vida. Los viajes hasta la casa de Sanders se hicieron costumbre. Siempre lo mismo: la mano que se asomaba para recibir el sobre huesuda, con algo de garra y luego la caja de cartn atada con cordel amarillo.

Nunca un saludo o un comentario amable. Yo lea siempre los guiones de historietas y las novelas inconclusas que le enviaban a Sanders, y luego estudiaba con mucha atencin los objetos enviados por el viejo. Haba aprendido que no haba una relacin directa entre los objetos y las historias, ni siquiera entre los objetos y los finales que estos inspiraban.

Sanders actuaba de un modo muy indirecto. Recuerdo por ejemplo una historia en que Cormack, detective de lo sobrenatural, investiga los ataques que sufren reconocidos especialistas en botnica.

El Doctor Caletra recibe de regalo un ejemplar de la planta Pictorica Aquinea, cuyo olor narctico lo desmaya y casi lo mata. Una hiedra de crecimiento rpido acaba con la vida del gato de Melchor Rancagua. El doctor Janer aparece envenenado por la espina de una rosa. Cormack investiga y descubre que aos atrs los tres cientficos haban colaborado en la tarea de echar de la Universidad al Doctor Zack, especialista en plantas venenosas.

Hace aos que Zack no sale de su casa, hace aos que nadie lo ha visto; Cormack va a visitarlo, pero Zack no lo recibe. Entonces, de noche, Cormack trepa la alta pared que rodea la casa y salta dentro del jardn prohibido.

Aqu se interrumpa la historia. Yo imaginaba que Sanders iba a enviar al guionista una muestra del mundo vegetal: una rama con espinas, la hoja de una planta cargada de leyendas como la mandrgora o el murdago o alguna planta que pusiera en peligro a Cormack una planta venenosa o carnvora. Sanders, en cambio, haba enviado un puado de sal. Ese puado de sal gruesa no tena ninguna relacin con las plantas, ni con la historia, ni con Cormack, y sin embargo le haba indicado al guionista el final que contar a continuacin: Cormack salta la pared que separa el jardn de Zack del mundo.

En lo alto del muro hay vidrios rotos pegados con cemento y el hroe, a pesar de sus guantes, se hace un corte en la mano. Cormack se prepara para saltar sobre lo que, imagina, es un jardn poblado de plantas exticas y peligrosas, pero cuando pone los pies en tierra no hay jardn.

Es tierra seca, arenosa, estril. Ni un yuyo crece en el jardn de Zack. Avanza hacia la casa y entonces algo algo que se parece a Zack salta a su encuentro. La silueta del atacante es humana, pero en su cuerpo se renen cientos de plantas prodigiosas: hay hojas afiladas en su mano derecha, y en la izquierda espinas. Cormack comprende que Zack es el jardn. La masa vegetal se abalanza contra Cormack, que no puede contra la fuerza de las hojas y las races.

Cuando est a punto de abandonarse, la herida de su mano empieza a sangrar en abundancia, y esa sangre debilita a su enemigo. Cormack comprende que su sangre es veneno para Zack. El detective se debilita a medida que la sangre mana, pero as puede vencer a Zack. Mientras el ser se envenena, las plantas se separan unas de otras, y el enemigo pierde su forma hasta desintegrarse.

Cuando el combate termina, es apenas un montn de tallos cortados y flores marchitas. Pero por qu el guionista haba escrito todo eso a partir de la sal? Porque la sal arruina la tierra. Si se echa sal sobre un campo, no crece nada.

Cuando el guionista abri la caja y encontr la sal, supo que no deba haber ningn jardn en el terreno de Zack. Es as? Y si el jardn no estaba all, dnde estaba entonces? Empezaba a entender el mtodo de Sanders. Una tarde pas lo que tena que pasar: fui interceptado.

Cruzaba el parque, haca mucho fro y los juegos estaban vacos. Las hamacas se movan levemente, empujadas por el viento, y chirriaban sus cadenas oxidadas. Yo caminaba distrado, sin prestar atencin, cuando sent el empujn. Fren la cada con las manos. Qued aturdido; cuando mir a mi alrededor vi que alguien se perda entre los rboles. Me haban robado la caja.

As que regres a casa con una resolucin: iba a esconder el robo. Si deca que haba sido interceptado, me cambiaran de destino, y volvera a subir y bajar escaleras sin salir de la editorial. Cada vez me pareca ms lejano el puesto de dibujante de historietas. Salud a mi madre, que estaba en la cocina, me encerr en mi cuarto y me puse a pensar qu hacer. Ya no tena la caja y deba reemplazarla de algn modo. Revolv los cajones de la casa, llenos de esas cosas intiles que se multiplican sin fin frascos de remedios, nueces intactas de alguna navidad, dados solitarios y relojes muertos , pero no me decan nada sobre el arte de contar historias; ms bien contagiaban una impresin de insignificancia yo no era todava un buscador de finales, no saba cmo hacerlas hablar.

En la historieta inconclusa la historieta del final robado, el cowboy Montana se hospedaba en un hotel de una ciudad que visitaba por primera vez, pero la noticia corra y sus enemigos rodeaban el edificio. Saban que si alguno de ellos lo mataba, pasara a formar parte de la leyenda.

Montana miraba por la ventana el lento despliegue de sus enemigos. Calculaba sus posibilidades, y la cuenta le daba cero. El cowboy no tena salida. Yo tampoco. Yo casi no lo recordaba; a partir de algunas fotografas me haba inventado recuerdos: una visita al zoolgico, un partido de ftbol, una salida de pesca en la que sacbamos un pez gigantesco, que luego regresbamos al mar.

Con el paso del tiempo esos recuerdos se llenaban de ms detalles, pero yo saba que cuanto ms perfectos eran, ms inventados. Mi madre mantena la casa con el sueldo que cobraba en El Palacio de los Botones.

Era la ms antigua casa de botones de la ciudad; techos altos, un enorme mostrador de madera lustrada, en forma de U, donde atendan el seor Carey, hijo del dueo original, la seora Hayde y mi madre. Ella trabajaba desde haca diez aos en El Palacio de los Botones, pero como el seor Carey haba nacido all y la seora Hayde llevaba medio siglo en el negocio, a mi madre la consideraban la nueva. Me sorprende que, a pesar de que es tan nueva en el oficio, haya encontrado la caja de los botones perlados nmero 5 deca el seor Carey con aprobacin.

Tambin para la seora Hayde era una recin llegada: Cuidado con las cajas del fondo: a la gente nueva siempre se le caen encima. Ni el seor Carey ni la seora Hayde haban tenido hijos, as que solo tenan a mi madre para cuidar y regaar.

De vez en cuando yo visitaba El Palacio. Me pareca el lugar ms aburrido del mundo. Cundo vendrs a trabajar aqu, jovencito?

Nunca es demasiado temprano para empezar. El trabajo de vendedor de botones es de los ms difciles del mundo. Hay que memorizar formas y colores de ms de veinticinco mil botones. En eso de la dificultad, el seor Carey no se equivocaba. Las cajas trepaban hasta el techo, pero lo que estaba a la vista de los clientes no era todo lo que haba: los botones continuaban en el depsito, detrs de una cortina azul.

Los clientes, en general mujeres, entraban con el botn en la mano, buscando dos, tres, cuatro que fueran iguales, y mi madre, despus de estudiar el botn, trepaba a una escalera de madera para alcanzar la caja adecuada. Si mi madre no reconoca la pieza, lo que ocurra muy de tanto en tanto, se la pasaba a la seora Hayde, que morda el botn ligeramente, y luego parta en su busca.

Pero el gran momento llegaba cuando tampoco la seora Hayde reconoca el botn, y se lo pasaba al seor Carey. Esto ocurra solo dos o tres veces por ao, y entonces en el negocio, habitualmente lleno de seoras que parloteaban, se haca un grave silencio.

Carey miraba, palpaba, ola el botn y luego parta hacia el fondo. Al regresar, pareca derrotado, pero era solo un poco de teatro; como un mago, mostraba de pronto, en su palma abierta, los botones idnticos, el tesoro hallado. Todos aplaudan. A veces el seor Carey regalaba a mi madre piezas raras; entonces mi madre cambiaba los botones comunes y corrientes de mis camisas y abrigos por anclas plateadas, botones laqueados, discos que brillaban en la oscuridad. Yo protestaba porque no quera llamar la atencin, pero mi madre me interrumpa: Los botones son el nico lujo que nos podemos dar.

Despus de que me interceptaran fui a El Palacio de los Botones para tratar de dar con algo que pudiera llevar de parte de Sanders. Le expliqu al seor Carey el problema, y me indic que fuera al fondo, donde se guardaban, en grandes cajas de madera, botones sueltos, piezas nicas.

Ese es el rincn de nuestras rarezas. Los botones para los que ya no existen abrigos en el mundo. Hund las manos entre las piezas y revolv bien hasta dar con uno dorado, chato, que me gust.

Tambin busqu hasta dar con una caja parecida a las que enviaba Sanders, y puse en ella el botn. Esperaba que en la editorial no notaran la diferencia. Y de hecho, en los das siguientes, nadie me reclam, ni me rega. Dos semanas despus apareci la revista con la historia completa. Cuando Montana est ya desesperado y a punto de escribir su testamento algo bastante intil, porque slo tiene para legar sus pistolas y su caballo entra un botones a la habitacin.

A pesar de su cargo, es un hombre entrado en aos, con la espalda encorvada de tanto subir y bajar valijas. Montana le dice que ha cado en una trampa, y le seala, a travs de la ventana, a los hombres que lo acechan con sus armas cargadas.

El otro, calmo, le responde: Hay una trampa, s, pero no es usted el que ha cado en ella, sino los otros. Usamos este hotel para atraer a los malhechores.

Invitamos de tanto en tanto, con alguna excusa, a un pistolero legendario, como usted, o a un gran jugador de pker, para que los delincuentes de la zona vengan a robarle o a matarlo.

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